Durante mucho tiempo la postura de las tijeras fue para mí una especie de territorio prohibido. No por nada concreto que alguien me hubiera dicho, sino por esa sensación rara que surge cuando algo te parece demasiado expuesto, demasiado vulnerable o simplemente demasiado distinto a lo que habías imaginado para tu propio cuerpo. Me costaba admitirlo incluso a mí misma, pero había un prejuicio callado, de esos que se van instalando sin que te des cuenta. Hasta que una noche, con una persona con la que me sentía completamente segura, decidí dejarlo de lado. Lo que ocurrió después no fue solo una cuestión de técnica o de placer físico. Fue una reconciliación más profunda conmigo misma y con lo que significa realmente compartir el cuerpo sin filtros.
Mi nombre es Marta y este blog, Sexo en BCN, es el lugar donde cuento estas cosas sin adornos innecesarios. No vengo a dar lecciones ni a presumir de experta, sino a compartir lo que he vivido y cómo ciertos prejuicios se han ido cayendo a base de experiencia real. La postura de las tijeras es uno de esos casos. Durante años la veía como algo que no era para mí. Hoy, después de haberla integrado en mi vida sexual de forma natural, quería contarte exactamente cómo llegó ese cambio y qué significa para mí ahora.
Si alguna vez has sentido que ciertas posiciones te resultaban lejanas, incómodas o directamente descartables por ideas preconcebidas, quizá te suene familiar lo que voy a contarte. No se trata de convencerte de que pruebes nada. Se trata de abrir la posibilidad de que algo que habías descartado pueda ser distinto cuando lo miras sin el peso de lo que creías que debería ser.
Qué es realmente la postura de las tijeras
Mis prejuicios iniciales y de dónde venían
El momento en que decidí probarla
Variaciones que he probado y cómo las adapto
Lo que cambia en el placer cuando desaparece el prejuicio
Comunicación y consentimiento en esta posición
Errores que cometí y lo que aprendí
Mi conclusión después de tanto tiempo
Qué es realmente la postura de las tijeras
La postura de las tijeras consiste básicamente en que dos personas se colocan de lado, entrelazando las piernas de forma que sus genitales queden en contacto directo. Una pierna queda por encima de la otra y la otra por debajo, creando ese cruce que da nombre a la posición. El movimiento no es de penetración en la mayoría de los casos, sino de frotamiento, presión y deslizamiento. Lo que cambia respecto a otras posturas es la cantidad de superficie de contacto y la posibilidad de estimular zonas muy sensibles sin necesidad de usar las manos constantemente.
En mi experiencia, lo más interesante no es solo el contacto genital. Es la forma en que el cuerpo entero queda involucrado. Puedes mantener la mirada, las manos quedan libres para tocar otras partes, y el ritmo se construye de forma más lenta y consciente. No es una posición para ir rápido. Es una posición para notar cada punto de presión, cada pequeño movimiento y cómo responde el cuerpo de la otra persona.
Muchas personas la asocian únicamente con parejas de dos mujeres, pero eso es reducirla. Yo la he disfrutado tanto con mujeres como con hombres, y la dinámica cambia según el cuerpo y las preferencias de cada uno. Lo que permanece es esa sensación de estar completamente entrelazadas, sin barreras entre los cuerpos.
Lo que más me sorprendió cuando empecé a integrarla fue la cantidad de matices que tiene. No es solo una postura. Es una forma de estar juntas que permite ir desde algo muy suave hasta algo más intenso según cómo muevas las caderas o cómo ajustes el ángulo de las piernas. Esa flexibilidad es precisamente lo que la hace interesante una vez que dejas de verla como algo fijo o complicado.
Mis prejuicios iniciales y de dónde venían
El primer prejuicio que recuerdo tener fue pensar que era una postura “solo para lesbianas”. No sé de dónde saqué esa idea tan cerrada, pero durante años la asocié con algo que no formaba parte de mi repertorio. Me parecía algo que veía en pornografía concreta y que no tenía nada que ver con lo que yo buscaba en mi intimidad. Ese tipo de categorización me impedía siquiera considerarla como una opción real.
Otro prejuicio bastante fuerte era pensar que era incómoda o que requería una flexibilidad que yo no tenía. Me imaginaba enredada de una forma extraña, sin poder moverme con libertad, sintiéndome torpe. Esa imagen mental era tan fuerte que ni siquiera me planteaba preguntarme si podría adaptarse a mi cuerpo. Simplemente la descartaba de antemano.
También había una parte de mí que asociaba la postura de las tijeras con algo demasiado “expuesto”. Al estar de lado y con tanto contacto frontal, sentía que no había escondite posible. No podía disimular si algo no me gustaba o si me sentía vulnerable. Ese nivel de visibilidad me generaba cierta resistencia emocional, aunque nunca lo hubiera verbalizado así.
El prejuicio más silencioso y quizás más importante era pensar que no iba a ser suficientemente placentera. Tenía la idea de que para llegar al orgasmo necesitaba penetración o estimulación directa con los dedos o la boca. Creía que el contacto genital “solo” no iba a ser suficiente para mí. Ese prejuicio era el que más me limitaba, porque partía de una idea muy estrecha de cómo debía ser mi placer.
Con el tiempo me di cuenta de que todos estos prejuicios no venían de una experiencia propia, sino de imágenes externas y de una falta de curiosidad real. No había probado. Simplemente había decidido que no era para mí.
El momento en que decidí probarla
El cambio llegó de forma bastante inesperada. Estaba con una persona con la que me sentía muy cómoda hablando de deseos y límites. Una noche, mientras hablábamos de posiciones que cada una había probado y que le habían gustado, mencionó la postura de las tijeras con naturalidad. No la presentó como algo espectacular ni como algo que “teníamos que hacer”. Simplemente dijo que le gustaba por la conexión que generaba.
En ese momento noté que mi respuesta interna no era de rechazo inmediato. Era más bien una curiosidad contenida. Por primera vez en mucho tiempo no activé automáticamente la lista de razones por las que no me interesaba. Pregunté. Quería saber cómo se sentía para ella, qué era lo que le gustaba realmente.
Lo que más me impactó de esa conversación fue darme cuenta de que mi rechazo no tenía base en nada concreto. Era una construcción. Cuando empecé a desmontarla hablando con alguien que la disfrutaba, empecé a sentir que quizá no tenía nada que ver con lo que yo había imaginado.
Decidí probarla no por presión, sino porque la conversación me había dejado con ganas de saber. Esa es la diferencia clave. No fue un “vamos a ver qué pasa” forzado. Fue un “quiero entender por qué a ti te gusta tanto”. Esa diferencia de actitud lo cambió todo.
La primera vez que lo intentamos no fue perfecto. Nos reímos bastante, nos ajustamos varias veces, hubo momentos en los que el contacto se perdía. Pero también hubo momentos en los que algo encajaba y yo sentía algo distinto. Esa sensación de “esto es diferente” fue suficiente para que quisiera seguir explorando en lugar de descartarlo otra vez.
Cómo se hace paso a paso
La forma más sencilla de empezar es acostarse de lado, mirándose de frente. Una persona extiende la pierna inferior y la otra la pasa por encima. Luego se acercan las caderas hasta que los genitales queden en contacto. No hace falta que sea una presión fuerte desde el principio. A veces basta con encontrar el punto donde los cuerpos se tocan de forma natural.
El movimiento principal viene de las caderas. No es necesario un vaivén grande. Pequeños movimientos circulares o de adelante hacia atrás suelen ser suficientes para generar fricción. Lo importante es encontrar el ángulo que permita que el clítoris o cualquier otra zona sensible reciba la estimulación deseada. Cada cuerpo es distinto, por eso la comunicación constante es clave.
Las manos quedan libres, lo que permite tocar el pecho, la cara, el cuello o cualquier otra zona que aporte más placer. Para mí ha sido importante usar las manos para mantener el contacto visual y emocional, no solo el genital. Ese detalle cambia mucho la experiencia.
Si en algún momento el contacto se pierde, no pasa nada. Se puede ajustar la pierna superior o inferior, separar un poco las caderas y volver a acercarlas. No es una postura estática. Es un proceso de constante microajuste que forma parte de la exploración.
Una cosa que he aprendido es que no hace falta mantener la misma posición durante todo el encuentro. Se puede empezar en tijeras, pasar a otra postura y volver. La flexibilidad mental es tan importante como la física.
Variaciones que he probado y cómo las adapto
Una de las variaciones que más me gusta es cuando una de las dos personas está ligeramente por encima. No se trata de estar encima del todo, sino de usar el peso del cuerpo de forma controlada para aumentar la presión en el punto deseado. Esta versión requiere cierta confianza y comunicación porque el peso puede sentirse de forma distinta según el momento.
Otra variación que he usado es girar ligeramente el torso para que una de las dos quede casi boca arriba mientras la otra mantiene la posición de lado. Esto permite que una persona tenga más libertad de movimiento con las caderas y que la otra pueda recibir más presión. Es una forma de equilibrar las sensaciones cuando una quiere algo más intenso.
Hay una versión en la que las personas se colocan en ángulo más abierto, casi formando una V con las piernas. Esta suele ser más cómoda para sesiones más largas porque reduce la tensión en las caderas. No es tan íntima visualmente, pero permite un contacto más sostenido sin cansancio.
Cuando una de las dos tiene más flexibilidad, se puede intentar una versión donde la pierna superior queda más elevada. Esto cambia el ángulo de contacto y puede estimular zonas distintas. Sin embargo, no siempre es la más cómoda, así que suelo reservarla para momentos en los que ambas estamos relajadas y sin prisa.
Lo que más he aprendido es que no hay una versión “correcta”. Cada vez que la hago con una persona distinta, la postura se adapta a nuestros cuerpos, nuestras alturas y lo que cada una necesita en ese momento. Esa adaptabilidad es precisamente lo que la hace valiosa una vez que dejas de buscar una forma única.
Lo que cambia en el placer cuando desaparece el prejuicio
Cuando dejé de verla como una postura complicada o insuficiente, empecé a notar detalles que antes pasaban desapercibidos. El primero es la cantidad de estimulación clitoriana que se puede conseguir con muy poco movimiento. El contacto constante y la posibilidad de ajustar la presión con las caderas permiten llegar a sensaciones muy precisas.
Otro aspecto que cambió para mí fue la sensación de conexión. Al estar tan cerca y mirándonos de frente, resulta más fácil leer las reacciones de la otra persona. No hace falta preguntar constantemente si algo gusta. Se nota en la respiración, en cómo se mueven las caderas, en los pequeños sonidos. Esa lectura mutua genera una intimidad distinta.
También descubrí que el placer en esta postura puede ser muy progresivo. No es algo que explote de golpe. Es más bien una acumulación de sensaciones que van creciendo. Eso me ha permitido disfrutar de encuentros más largos y menos orientados a un objetivo concreto. Simplemente estar ahí, sintiendo.
Una de las cosas que más me sorprendió fue la posibilidad de tener orgasmos sin penetración. Durante años había asociado el orgasmo con algo que requería una estimulación muy directa. En tijeras descubrí que el contacto genital sostenido puede ser suficiente cuando el cuerpo está relajado y la mente no está poniendo resistencia.
El cambio más importante no fue físico. Fue mental. Al soltar la idea de que esta postura “no era para mí”, mi cuerpo tuvo permiso para responder de forma distinta. Ese permiso es lo que realmente abrió la puerta al placer que antes no estaba disponible.
Comunicación y consentimiento en esta posición
En la postura de las tijeras la comunicación es especialmente importante porque el contacto es muy directo. Si algo no se siente bien, es fácil que se note inmediatamente. Por eso suelo hablar antes de empezar sobre qué me apetece ese día y qué prefiero evitar. No es una conversación larga. A veces basta con un “hoy me apetece más suave” o “quiero que me presiones un poco más aquí”.
Durante el encuentro me gusta mantener un diálogo constante, aunque sea con pocas palabras. Preguntar “¿así?” o “¿más fuerte?” permite ajustar en tiempo real sin romper el momento. La otra persona también puede expresar lo que necesita. Esa bidireccionalidad hace que la experiencia sea más segura y placentera.
El consentimiento en esta postura también implica estar atenta a las señales no verbales. Si noto que la otra persona se tensa o que el ritmo cambia de forma abrupta, pregunto. No asumo que todo va bien solo porque no hay queja verbal. Esa atención constante es parte del respeto que quiero mantener siempre.
Una cosa que he aprendido es que el consentimiento también incluye el derecho a cambiar de postura cuando algo no fluye. Si después de unos minutos noto que no estoy conectando con la experiencia, prefiero sugerir otra cosa antes que seguir forzando. Esa flexibilidad evita que la postura se convierta en algo que se hace por obligación más que por deseo real.
Errores que cometí y lo que aprendí
El primer error fue intentar mantener la postura demasiado tiempo sin ajustar. Al principio quería que “saliera bien” desde el primer momento, así que me forzaba a mantener una posición que empezaba a doler en las caderas. Aprendí que es mejor cambiar de postura o ajustar varias veces que aguantar dolor por orgullo.
Otro error fue no hablar lo suficiente antes de empezar. En una ocasión empecé sin haber comentado que ese día estaba más sensible y que prefería algo muy suave. El resultado fue que me costó más relajarme. Desde entonces siempre dedico unos minutos a conectar verbalmente antes de entrar en la postura.
También cometí el error de compararme con lo que había visto en pornografía. Esperaba que el contacto fuera constante e intenso desde el principio. Cuando no fue así, me frustré. Con el tiempo entendí que la pornografía muestra versiones editadas y que la realidad suele ser más lenta y requiere más ajustes.
Quizá el error más grande fue no darme permiso para que no me gustara. Durante la primera prueba me obligué a seguir aunque parte de mí no estaba del todo cómoda. Ahora sé que puedo parar en cualquier momento sin que eso signifique que la postura es mala. Simplemente significa que ese día o con esa persona no encajaba.
Lo que más me ha ayudado ha sido quitarme la presión de que tiene que ser una experiencia espectacular. Cuando la trato como una opción más entre muchas, sin expectativas exageradas, es cuando más disfruto. Esa ligereza ha sido clave para que la postura deje de tener el peso que antes tenía.
Preguntas frecuentes
¿Es una postura solo para mujeres?
No. Aunque mucha gente la asocia principalmente con parejas de dos mujeres, yo la he disfrutado también con hombres. El principio es el mismo: contacto genital con las piernas entrelazadas. Lo que cambia es cómo cada cuerpo responde a la presión y al movimiento. La postura no tiene género. Depende más de la anatomía individual y de lo que cada persona busca en ese momento.
¿Duele o es incómoda?
Puede ser incómoda si se fuerza la posición o si se mantiene demasiado tiempo sin ajustar. El truco está en mover las caderas y las piernas con frecuencia, encontrar el ángulo que no genere tensión y parar si aparece alguna molestia. En mi caso, cuando estoy relajada y comunicando lo que necesito, no suele doler. La incomodidad suele venir más de la rigidez mental que de la postura en sí.
¿Se puede llegar al orgasmo solo con esta postura?
En mi experiencia sí, aunque depende de cada persona y del momento. No siempre es el camino más rápido, pero cuando el cuerpo está receptivo y hay conexión, el contacto constante puede ser suficiente. No es algo que ocurra en todas las ocasiones, y eso está bien. El objetivo no siempre tiene que ser el orgasmo.
¿Qué pasa si los cuerpos son muy diferentes en altura o complexión?
Se adapta. A veces una persona necesita colocar una almohada bajo la cadera o ajustar el ángulo de las piernas. Otras veces simplemente hace falta más comunicación para encontrar el punto de contacto. Las diferencias de cuerpo no son un problema. Son solo información que hay que tener en cuenta para ajustar la postura.
¿Es mejor que otras posiciones?
No es mejor ni peor. Es distinta. Para mí tiene la ventaja de permitir mucho contacto visual y de manos libres. Pero hay días en los que prefiero otras posturas. La clave está en no tenerla como única opción ni descartarla por completo. Es una herramienta más dentro de un repertorio más amplio.
¿Cómo sé si me va a gustar?
No lo sabes hasta que lo pruebas. Lo que sí puedes hacer es acercarte a la experiencia sin prejuicios fuertes. Si tienes curiosidad, habla con tu pareja sobre cómo quieres intentarlo, ve despacio y daos permiso para ajustar o parar. La única forma real de saber es probar con la actitud correcta.
Mi conclusión después de tanto tiempo
Han pasado ya varios años desde aquella primera vez en que decidí dejar atrás el prejuicio. La postura de las tijeras forma parte natural de mi vida sexual. No es mi favorita absoluta ni algo que busque en cada encuentro, pero ya no la rechazo. La veo como una opción más, sin el peso emocional que antes tenía.
Lo que más valoro de todo este proceso no es la postura en sí. Es haberme dado cuenta de cuántas veces descartamos algo sin haberlo probado realmente. Cuántas veces la idea que tenemos en la cabeza sobre algo sexual no tiene nada que ver con la experiencia real cuando nos quitamos las ideas preconcebidas.
Si tú estás en un lugar similar al que yo estaba hace tiempo, solo puedo decirte que la curiosidad sin presión puede abrir puertas que ni siquiera sabías que existían. No hace falta que te guste todo. Hace falta que te des permiso para descubrirlo por ti misma.
Sigue leyendo para descubrir todos los detalles sobre cómo cada persona puede encontrar su propia versión de esta postura y qué significa realmente soltar prejuicios en la intimidad.

