El Diario Secreto de Catherine: Mi mes a lo ‘Belle de Jour’

Belle de Jour

Hola, pecadores. Ya sabéis que en este rincón de mi vida que es sexoenbcn.com.es no me muerdo la lengua con nada. Siempre he tenido una mente inquieta y, para qué engañarnos, unas bragas con vida propia en cuanto se me cruza una buena fantasía. Últimamente me rondaba una obsesión muy de película: probar el sexo con desconocidos, pero sumándole el morbo brutal de cobrar por ello. Quería meterme en la piel de la mismísima Séverine de Belle de Jour, la joyita de Luis Buñuel. Nada de revolcones anónimos gratis en una app cualquiera. Buscaba el ritual, la distancia elegante, el precio como una frontera sagrada. Así que tomé una decisión loquísima: iba a ser escort de lujo por unos días. Un mes exacto. Ni un minuto más.

La odisea de buscar «El Lugar»

Si creéis que es tan fácil como decir «venga, pongo un anuncio y a follar», vais listos. Me puse a rastrear portales y casi se me quitan las ganas de golpe. Todo lo que veía era cutrísimo: anuncios que daban grima, fotos espantosas, textos redactados con los pies y un rollo que apestaba a cliente baboso y cero educado ya desde la pantalla. Yo buscaba morbo, no llevarme un trauma.

Frustrada perdida, me puse a buscar Escorts Barcelona en Google. Y mira por dónde, escarbando entre tanta paja, di con la aguja: zukery.com. Era un portal totalmente distinto. Se enfocaba en exclusiva a acompañantes independientes de alto nivel y operaba únicamente en Madrid y Barcelona. El diseño súper limpio, las fotos cuidadas al milímetro, el tono sobrio… todo respiraba justo la elegancia que pedía mi fantasía. Ni rastro de descuentos ridículos ni emojis de berenjenas. Solo perfiles de mujeres que parecían tener clarísimo lo que valían.

Nace Catherine

Me vine arribísima. Me monté una sesión en un estudio de Gràcia con una fotógrafa que pilló el juego al vuelo: lencería de seda negra y tonos nude, luz suave, posturas que insinuaban mil veces más de lo que enseñaban. Una mano en el muslo, la espalda arqueada contra la pared y esa mirada clavada en la cámara que grita «sé perfectamente lo que quieres y te va a costar sudor conseguirlo». Abrí el perfil y decidí bautizar a mi alter ego: Catherine, un pequeño homenaje a Deneuve. Esa diosa fría e intocable que mutaba en otra cosa entre las cuatro y las cinco de la tarde.

Eso sí, a punto estuve de mandar todo a la mierda en el registro. Los gestores de la web me pidieron verificaciones muy serias: un selfie con el DNI, un vídeo cortito moviendo la cabeza, fotos de cuerpo entero sin filtros… Al principio me dio bastante palo. Yo solo quería vivir mi película francesa, no pasar un control de aduanas. Pero pensándolo en frío, esa seriedad y ese filtro tan estricto eran justo lo que me garantizaba no cruzarme con ningún pirado. Me dio una confianza ciega. Así que pasé por el aro y, por fin, Catherine vio la luz en Barcelona.

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Mi estreno como escort en Barcelona

Los primeros días tenía un nudo en el estómago. Me miraba al espejo del baño del hotel y pensaba: «¿Y si no doy la talla? ¿Y si me echo atrás en el último segundo y salgo por patas?». Puras tonterías.

Mi primer encuentro como escort de lujo en Barcelona fue en el Palace. Un tipo de unos cincuenta, con traje oscuro, un reloj discreto y una forma de mirar que no pedía permiso para nada. Me ofreció una copa de champagne con toda la calma del mundo. Charlamos de cine, de viajes y de la inmensa estupidez que es fingir que no deseamos lo que deseamos. Cuando por fin me besó, lo hizo como si le sobrara el tiempo. Me desnudó despacio, me tumbó en aquellas sábanas blanquísimas y me folló con una mezcla de respeto y un hambre voraz que me dejó temblando. Al acabar, mientras yo intentaba recuperar el aliento, me besó la frente y soltó: «Gracias, Catherine». Ese puto «gracias» me excitó más que muchos orgasmos que he tenido en mi vida.

Luego vinieron otros. Un arquitecto que me llevó a un ático con vistas a la Sagrada Familia y me hizo correrme de rodillas frente al ventanal inmenso mientras la ciudad se encendía. Un francés de mediana edad, de pocas palabras, que me tocaba como quien descifra un mapa del tesoro. O un empresario jovencito que me pidió que le hablara en francés todo el rato, aunque yo rasco lo justo del idioma. Cada uno era un mundo, pero todos educadísimos. Todos dispuestos a pagar religiosamente el precio de la fantasía sin intentar regatear ni un céntimo.

Escort en Barcelona

Ahora escort en Madrid

El invento funcionó tan bien que el perfil empezó a hacer ruido de verdad. Me escribían un montón de clientes desde Madrid, suplicándome casi que hiciera una escapada a la capital. ¿Y quién narices soy yo para negarle un capricho a un caballero en condiciones… y a mi propio morbo?

Ni corta ni perezosa, alquilé un pisazo en el barrio de Justicia, pegado a Chueca, y me planté allí una semana entera como escort independiente en Madrid. ¡Menuda semana, chicas! El rollo del hombre madrileño es diferente al de Catalunya. Tienen otro ritmo, una labia mucho más directa y un descaro que ni se molestan en disimular. Pero igual de exquisitos. Uno me llevó a cenar a un Estrella Michelin y luego me folló contra la pared del salón de mi piso sin darme tiempo ni a quitarme los tacones. Otro, mucho más callado, me pidió que me sentara a horcajadas sobre él en el balcón ya de noche, y me hizo venir mirándome fijamente a los ojos sin abrir la boca. Bebimos vino del bueno. Dormí en sábanas de cinco estrellas. Y me desperté varias mañanas con el cuerpo magullado y una sonrisa de boba.

Escort en Madrid

El fin de la fantasía

Justo al cumplirse el mes, me senté en el tren de vuelta a Barcelona con la maleta casi vacía (dejé toda la ropa de Catherine en aquel piso) y lo tuve clarísimo. Era la hora de desaparecer.

Entré en la web de Zukery desde el móvil, repasé el perfil de Catherine por última vez —las fotos, esas reseñas tan discretas, la frasecita que yo misma le puse: «Disponible solo para quienes sepan apreciar lo excepcional»— y le di a eliminar.

C’est fini.

No me daba la gana de que esto se volviera una rutina o, peor, un trabajo. El objetivo era tachar la fantasía de la lista y cruzar esa famosa línea prohibida. Y joder si la crucé.

Hoy Catherine ya no existe. Pero Marta se vuelve a casa con un arsenal de anécdotas salvajes, el ego por las nubes y un recuerdo absurdamente caliente al que recurrir, con una mano traviesa, en mis noches más solitarias. A veces, cuando cierro los ojos, todavía me llega el olor a champagne caro, noto el peso de una mano extraña en mi nuca y escucho esa voz grave susurrando mi nombre falso como si fuera un secreto de Estado.

Y la verdad… no me arrepiento de absolutamente nada.

Dejando la actividad de escort